miércoles, 30 de noviembre de 2016

LOS ALBORES DEL SIGLO XX




La fiesta de los toros, al alborear el siglo XX que, apareció sumida en la misma situación de decadencia que el conjunto de la vida nacional. La trágica muerte de " El Espartero " ( 1894 ) y la retirada de    "Guerrita " ( 1899 ) fueron dos acontecimientos en el mundo taurino que, sin duda, le colocaron en una situación de anemia cuando se abre el calendario del nuevo siglo. De otra parte, el regeneracionísmo, y en general la mayor parte de los intelectuales del " noventa y ocho ", se muestran absolutamente contrarios a las corridas de toros y entienden que, difícilmente con la pasión taurina. España va a liberar energías para la ciclópea tarea de su reconstrucción moral, social y económica. Ese talante, que Cossío califica de " inconsciente  casticismo ", quedó subrayado en la prensa de la época en el hecho de que el mismo día en que se hundía nuestra escuadra en Santiago de Cuba, los madrileños desfilaban calle de Alcalá arriba para ovacionar a " Guerrita ".
La generación de los " naides " - como la bautizó Nestor Luján - protagonizó el primer decenio de siglo." Después de mí " naide " y después Fuentes " que sentenciara " Guerrita ", reflejaba que, en ese periodo, el centro de la Fiesta no tenía dueño.
La afición sevillana pierde, trágicamente, en la década dos ídolos : Reverte ( 1903 ) y Antonio Montes ( 1907 ).
El 24 de octubre de 1911 un selecto grupo de aficionados, ganaderos y periodistas de Sevilla, acude a la Maestranza donde el hijo menor del señor Fernando " El Gallo " va a matar a puerta cerrada un toro cuatreño de Moreno Santamaría, Joselito ha toreado este año una treintena de becerradas formando pareja con " Limeño ".
El de Gelves no solo supera la prueba ante tan riguroso tribunal, sino que le hace exclamar a don Eduardo Miura " ¿ Torero ? "..."Un fenómeno de los que se dan cada trescientos años ".
Los sevillanos ven torear por primera vez a Juan Belmonte en una novillada sin picadores. Era agosto de 1910. Ni un solo revistero se hace eco de aquella novillada.
El 15 de marzo de 1915 se concluye las obras de reforma de la plaza de toros de la Maestranza de Sevilla bajo la dirección de Anibal González. Se sustituye la piedra, que era el material de la construcción originaria en los tendidos, por ladrillo, se aumenta el número de filas y la plaza se hace más horizontal al perder importancia relativa los palcos y gradas. En este mismo año se inicia la construcción de la plaza Monumental promocionado por el industrial maderero señor Lissen. Situada en la Huerta del Rey, frente a la Fundición de Cañones, tenía casi doble capacidad que la Maestranza y su construcción con cemento armado era una novedad en la técnica constructora imperante en la Sevilla de esa época. El 20 de marzo de 1917 se hizo la prueba de resistencia y el primero de abril se bendice la capilla. Pero el día 11 de abril, casi un tercio de la plaza se agrieta y se hunde. Y hubo de aplazarse la inaguración hasta el 6 de junio de 1918. Un encierro de Contreras para Joselito, Francisco Posadas y " Fortuna " fue el cartel. Vida efímera la de la Monumental. Los últimos festejos se celebran en la temporada de 1920. La muerte de Joselito, la mala construcción de la plaza y las dificultades empresariales del señor Lissen, impidieron la continuidad del coso, pero, sobre todo la crisis económica y social, no hacían viable la coexistencia de dos plazas de toros en Sevilla.
El 30 de septiembre de 1915 se rompe en la Maestranza una tradición secular : la de no conceder orejas. A solicitud de los revisteros sevillanos en el Reglamente de la Plaza, se había incorporado el precepto de " no conceder orejas jamas ". También en el de Madrid existía tal norma, pero en esa fecha ya se había quebrantado. En Sevilla " orejas " . ¡ jamás !, aseveraban los aficionados más ortodoxos. Pero en la última corrida de la Feria de San Miguel, Joselito hace solo el paseo para lidiar seis toros de San Coloma. Y sale el quinto lugar " Cantinero ", negro, lucero y número 131. José está inconmensurable en los tres tercios y al caer el toro rodando de un soberbio volapie, la plaza como espoleada por una fuerza mágica, se puebla de pañuelos, y el concejal don Antonio Filpo que preside la corrida, decide sacar su pañuelo otorgando la oreja. La afición, pasado el fervor del momento, se divide entre partidarios y adversarios de la decisión presidencial. La crítica, en general, se muestra contraria. " Don Criterio ", en el Liberal habla del " mal precedente ", aunque reconoce que la faena a Cantinero se merece la oreja y el toro entero. El célebre crítico " Don Modesto " desde su tribuna madrileña escribe : No se arrepienta de lo hecho el pueblo de Sevilla. Ha roto su tradición ; pero bien rota está. Poco después, el 28 de abril de 1916, Juan Belmonte le dio réplica a José, cortando la segunda oreja en la historia de la Maestranza : el toro se llamaba " Vencedor " y pertenecía a la ganadería de Gamero Cívico.
Manuel Jiménez " Chicuelo ". El día de su debut en La Maestranza se acabó el papel, pese a la competencia de la Monumental de Sevilla, en la que esa misma tarde se celebraba una corrida de toros con Joselito, Fortuna y Camará.
A las siete de la tarde del 16 de mayo de 1920, el apoderado de Joselito, Manuel Pineda, recibe un telegrama que le llevan a la Monumental de Sevilla donde está presenciando una novillada, con el siguiente texto : Joselito cornada grave en el vientre, salida instestinos. " Parrita ".
Media hora después recibe otro de " Parrita " : Joselito fallecido. Avise familia.
Con la desaparición de Joselito se cierra la Edad de Oro del Toreo, seguida de la Edad de Plata, caracterizada por la existencia de buenos toreros pero sin la competencia como la de José y Juan, y sin que ninguno de ellos tomara en sus manos el cetro de la Fiesta.
El 16 de mayo de 1921 fallece Francisco Posada, el compañero de Juan Belmonte en los primeros años de novillero.
En 1922, el 21 de abril en una corrida de toros de la feria, el toro " Bombito ", del marqués de Guadalest, hiere mortalmente al diestro sevillano Manuel Varé " Varelito ", el mejor estilista del volapie.
Una alternativa importante en la feria de San Miguel de 1921 ; Juan Belmonte cede a Marcial Lalanda el toro " Pichuchi ", de Ramón Surga. Les acompaña " Chicuelo " el torero de la Alameda, aunque era torero de Triana. En la feria otoñal de 1924 concede la alternativa al onubense Miguel Báez " Litri ", con toros de Moreno Santamaría. Año y medio después fallecería este valiente torero a consecuencia de una cornada de otro toro de Guadalest en la plaza de toros de Málaga.
Juan Belmonte se retira por primera vez en la temporada de 1922, para volver en 1925, tras firmarle una exclusiva Eduardo Pagés. Su reaparición en Sevilla sería en la corrida en la que daría la alternativa a Cayetano Ordóñez " Niño de la Palma ".
Por aquellos día irrumpe con fuerza Francisco Vega de los Reyes " Gitanillo de Triana ", también conocido como Curro Puya, nacido en la Cava de los Gitanos, paradigma del torero a la verónica. y otro toreo afloraría también, el arte y el miedo insuperables de Joaquín Rodríguez " Cagancho ", trianero de la calle Evangelista.
El 4 de noviembre de 1934, Federico García Lorca lee en Madrid, por primera vez, su elegía titulada " Llanto por Ignacio Sánchez Mejías ", una de las obras cumbres de la poética. Desde el 14 de agosto, los restos mortales de Ignacio comparten la tierra sevillana con los de su cuñado Joselito " El Gallo ", bajo el maravilloso mausoleo de Mariano Benlliure.
Manolo Bienvenida, nacido en la calle Real de Utrera, de Dos Hermanas, falleció a los veinticinco años de edad el 31 de agosto de 1938, en la clínica San Ignacio de San Sebastián, víctima de un cáncer de pulmón.
Y termino estas pinceladas de los albores del siglo XX, diciendo que la autenticidad, es el mayor peligro que se cierne sobre la Fiesta de los toros del siglo XXI, restarle riesgo - en definitiva, autenticidad al espectáculo.
La Fiesta necesita con urgencia : " Autenticidad " y " Emoción ".





sábado, 12 de noviembre de 2016

LA CORRIDA ( Capítulo II )




¿ Había embestido al capote con tanta suavidad ? ¿ Había sido tan bravo en el caballo ? Pero los toros son pocas veces indultados.
Cerrajero, miraba : ¿ Dónde estaba la parte abultada ? Ahora sólo había un poste, el hombre con
rocío, el poste con dos patas. El toro estaba confundido. ¿ Era un hombre o era un poste ?
" ¡ Mira, mira, mira ! Estaban llamando su atención otra vez y comenzaba a correr. El toro también se echó a correr. Esta vez el enemigo no huía. Toro y enemigo corrían el uno hacia el otro, pero cuando el golpe parecía seguro, el reto dió un paso al lado y desapareció.
La multitud dio silbidos de protesta. El banderillero había calculado mal la embestida del toro y no había conseguido colocar las banderillas que aún tenía en la mano.
De nuevo la amenaza se acercaba en círculo hacia Cerrajero. Se aproximaban con rapidez el uno al otro. Estaba allí, delante, carne para sus cuernos. Cerrajero bajo la cabeza y lanzó los pitones hacia arriba, cortando el aire, sin coger nada. El hombre poste se había escurrido.
Una nueva sensación apareció para Cerrajero : un escozor en los mojados hombros. Había también un nuevo sonido. Venía de la espalda : clap-clap-clap. Era como las ramas delgadas del eucalipto chocando unas con otras con el viento. El toro no sabía lo que hacia el ruido, sólo sabía que venía de encima y de no muy lejos de las orejas. Mientras giraba lentamente, el escozor se hizo notar ligeramente en la cruz, pinchándole como los cardos que una vez de becerro se lo lastimaron.
De nuevo apareció el hombre poste.  Corrieron el uno hacia el otro, esta vez a chocar ; y de nuevo los cuernos no alcanzaron nada. El escozor le aumentó en los hombros. El ruido del palilleo se redobló.
Por tercera vez el toro corría buscando al enemigo, hasta que la forma reluciente estuvo delante de él. ¡ Esto es lo que estaba esperando ! ¡ Peso en el cuerno izquierdo ! ¡ Una de sus defensas se estaba clavando en el enemigo !
Varios gritos se oyeron mientras el banderillero se le levantaban los pies del suelo, giraba sobre el cuerno y era despedido por encima del lado derecho del toro.
¿ Dónde estaba ? ¿ Dónde estaba el enemigo que, por fin, había tocado ? El toro giró rápidamente, seguro de encontrarlo, caído en el suelo, pero en su lugar encontró un capote que se desplegaba frente a él, haciéndole girar y desplazándole a otro extremo.
El crítico puesto en pie, aseguró, " no es grave, sólo un puntazo leve ", mientras levantaban del suelo al banderillero y se lo llevaban a la enfermería.
Cerrajero se sentía fresco. Por fin le había metido el cuerno a algo. La pesadez había casí desaparecido. La persecución del hombre poste lo refrescó, lo aligeró. El haberle cogido le dio nuevos ánimos.
El reloj marcaba las cinco y veintinueve minutos.
¿ Cual sería el nuevo reto ? Esperó y observó ; respiraba pesadamente pero tenía la boca perfectamente cerrada.
Las reyertas en el campo eran más cortas. Duraban hasta que uno de los toros huía o caía al suelo. Entonces, aunque el toro caído estuviera corneado y abierto, no se movería, se quedaría allí inmóvil, mientras el olor de sangre trajera a la manada corriendo. Y si no se lo llevaban pronto, los buitres lo picotearían hasta dejarle sólo los blancos y duros huesos y los cuernos.
El reto estaba de nuevo en la arena. Cerrajero observó con atención el bulto que avanzaba. Era más oscuro, más bajo y más pequeño, pero gritaba igual :
" Ah-ja, toro ! "
Al principio, el toro no había dejado acercarse tanto a su enemigo. Le habría atacado. Ahora esperaba. Ya no tenía tanta fuerza. Tenía que asegurarse para cogerlo. El reto se paró, quedó inmóvil. El hombre, o el poste, o lo que fuese, estaba tan quieto como los sólidos palos contra los que se refregaba los cuernos en la finca. Cerrajero embistió. Las ramas repiquetearon en la espalda. Allá metió el cuello y arriba fueron los cuernos, persiguiendo al reto que de pronto desapareció. Se revolvió. Otra vez estaba allí moviéndose, llamándolo.
Cerrajero siguió en su terreno, observando. El reto cambiaba de forma. Antes, la parte ancha sobresalía de la mitad del poste. Ahora estaba más baja, tocando la arena y moviéndose lentamente a la derecha de éste. Cuando el toro embistió tuvo que echar los pitones hacia abajo para perseguirlo. Se había equivocado, la pesadez no le había abandonado ; le había minado, entorpeciendo sus movimientos, haciéndole difícil usar el morrillo. El reto desapareció, como antes ; giró de un salto, tan rápido como pudo, intentando perseguirlo. Tiro de él y le hizo pasar por su lado una vez, dos veces, cinco veces, a la derecha, con la cabeza muy humillada.
" ¡ Madre mía ! " - exclamó el crítico. " ¡ Qué derechazos ! "
El matador había encendido a la multitud de tal forma que mucha gente estaba de pie, jaleando.
¿ Cuándo se pararía a luchar el enemigo, luchar y no huir ? Volvió a llamar, moviéndose y haciendo ruido ; le persiguió, pero esta vez, en vez de pararse bajo, subió por alto haciendo que los pulmones del toro se llenaran de aire fresco.
Un grito surgió del tendido : "¡ Vamos a ver esa izquierda !"
" ¡ Vamos a verte a ti - le contestó una mujer.
" ¡ Vamos a verte a ti, allá abajo, en la plaza, vamos a verte perder el trasero corriendo ! "
" Todo el mundo se reía . "
Ahora la parte ancha se movió. Estaba avanzando hacia el pitón izquierdo del toro. Después se paró. El toro embistió.
La multitud se estaba poniendo histérica con la serie de naturales lentos que el matador estaba dando a Cerrajero. Estaban tirando sombreros al ruedo.
El toro se sentía más débil, más lento cada vez. El dolor en la base del morrillo le daba punzadas. Ahora tenía la sangre bajando desde lo alto de la cruz hasta las pezuñas en la arena. Parte de la sangre le acariciaba los hombros.
El reto ; jugaba a ser perseguido.
Lo llamaba.
Se movía.
Cada vez tenía que humillar más y más, después de cada serie surgía un trueno de palmas.
 " ¡ Ole ! "
El crítico llenaba cuartillas, en estos momentos estaba escribiendo con rapidez : " La plaza era un manicomio, llena de la emoción que produce presencial el valor y el arte puro, la belleza de la cara de la muerte ".
Cerrajero se recuperó de la última embestida que parecía no terminar nunca.
El reto se marchó a la barrera. Había algo nuevo. Brillaba y relucía como una hoja de hierba al sol de la mañana temprano en los días de rocío.
Esta vez Cerrajero cogería al reto. Lo cornearía hasta que sus pitones estuvieran calientes y pegajosos. Iba a romper la hoja de hierba plateada, tirándola al suelo y aplastandola.
" ¡ Ah-ja, toro !" - grito el matador, adelantando la muleta al tiempo que apuntaba el estoque.
Pero de pronto, la multitud puesta en pie, gritaba y gritaba " Indulto ".
El presidente no dudó, había sido muy bravo en el caballo, peleando con codicia y empujando fuerte con los riñones.
Había tenido mucha fijeza, nobleza, trasmitiendo durante toda la faena y " sobre todo " ¡ Que forma de humillar !" ;  sacó el pañuelo de color naranja y el matador emocionado se retiró a la barrera.
En un par de minutos el cabestraje estaba en la arena y Cerrajero los seguía lentamernte, una nube de vencejos inundó el ruedo de la plaza, volando bajo el toro.
Un soplo de viento acarició la cara del mayoral, que lloraba como un chiquillo, la gente no se cansaba de aplaudir a Cerrajero en su retirada a los corrales, el mayoral gritaba y gritaba :
" ¡ Tenemos nuevo semental ! "








martes, 1 de noviembre de 2016

LA CORRIDA




Cerrajero estaba en la oscuridad del chiquero. El mayoral podía oírlo respirar. Sin duda el toro le oyó andar por el techo del chiquero, pararse y tenderse en el suelo a mirar por la rendija de dos tablas :   ¿Recordaba Cerrajero su olor de la dehesa ? ¿ Quizás fuera esa la razón de que no se enfurecía ?
Apenas podía ver más que los pitones. Las puntas se perdían en la oscuridad del chiquero.
Lentamente pudo distinguir la forma del toro. Tenía la cabeza agachada. Quizás la tierra estuviera húmeda allí. ¿ Podría oler que allí habían estado otros toros ?
Desde la meseta de los chiqueros, se oía el ruido de los preparativos de los caballos de picar, moviendolos de un lado para otro. Escuchando la cadencia de sus cascos, se acordaba el mayoral de Cerrajero, que una vez, de becerro, restregó su nariz con la de un potro. Aquella mañana en la dehesa ambos, con finas patas, se encontraron : toro a caballo y caballo a toro.
De pronto, los cuernos fulguraron blancos y cercanos mientras entraban los rayos del sol por la rendija del chiquero. Había conocido a muchos toros en la dehesa, pero a ninguno tan bien como a Cerrajero.
El día estaba más bien nublado, y pensaba lo bueno que sería se fueran las nubes y tuvieran un sol radiante por la tarde, para la corrida, el sol beneficia mucho a las mismas.
Los toros son bonitos en la dehesa, bajo la lluvia, con nieblína, o en la noche ; tan bonitos en modos distintos como lo son al sol. Pero la corrida con su lucha por la muerte parece una cosa del sol, de la luz.
En tres horas Cerrajero que era el primero en el orden de lidia saldría del chiquero. Entonces después de haberlo conocido el mayoral durante cuatro años, tendría apenas veinte minutos para despedirse y para sentirse orgulloso o triste según su comportamiento. Había estado muy ligado a él en la dehesa, le quería como el hombre quiere a un animal. Pero Cerrajero le habría matado si hubiera bajado al chiquero. Dos meses antes mató a Español en la dehesa, en una dura pelea nocturna. Y ellos eran de la misma camada, habían nacido en el mismo mes, junto a los alcornoques se habían acariciado los cuernos el uno al otro en infinidad de ocasiones.
De las ranuras de las tablas del chiquero en que estaba el toro de vez en cuando salían rizos de polvo.
Cuando llegó el relevo se marcho a comer, al pasar por el pasillo encima de los corrales, el silencio reinaba en los mismos, apenas el zumbido de las moscas, y el sonido de los cencerros de los bueyes.
Al volver se encontró con mucho público, la plaza se estaba llenando.
¿ Como sería la pelea de Cerrajero ? Eran los últimos minutos de su vida.
A las cinco en punto comenzó el paseillo. ¿ Qué pensarían los toros en los chiqueros al escuchar la música y el ruido de la multitud ?
Al sonar el clarín el chiquero se abrió lentamente hasta que la blanca abertura fue lo suficientemente grande para que él pasara por ella.
Quizás la dehesa......
Quizás el cercado.....
Quizás el corral con sus hermanos estuvieran fuera. Cruzó la puerta había sólo un camino : pasillo abajo. El toro comenzó a correr : hacía el resplandor, hacía el ruedo de arena.
Salió derecho ; al correr comprobó que no había ramas ni piedras, ni hermanos, ni bueyes. Sólo tenía arena y una barrera que le rodeaba.
Al acercarse al centro del ruedo, trotando con el morrillo inflado por la furia. El toro esperó con los cuernos en alto. Tenía los pelos de punta en el morrillo y a lo largo de la lista negra que le llegaba al rabo.
Cerrajero agitó las orejas, levantó el rabo, embistió y no pudo pararse, sus cuernos chocaron estrepitosamente contra el burladero, lanzando astillas por el aire. Giró con rapidez. Agitó la cabeza irritado, un torero le llamaba : " Ah-ja toro ! "
Las patas del toro lo llevaron con rapidez hacia donde lo atraía la voz. Estaba ansioso por meterle los cuernos mientras se le deslizaba frente a la cabeza un capote, burlándolo, manteniéndose fuera de su alcance. De pronto lo perdió de vista ; giró con rapidez, volteando los cuartos traseros para que le empujaran el cuerpo.
Ahora el torero estaba en pie, junto a la barrera ; ahora pudo verle mejor. Era alto, como un poste, como un hombre, pero con rocío, rocío chispeante por todas partes, bailando como el rocío en la tela de araña al amanecer. Esta vez el toro no le dejaría escapar. Cornearía duro, hundiendo los pitones en la profundidad del bulto.
El reloj marcaba las cinco y dieciocho minutos. Llevaba dos minutos en la plaza Cerrajero cuando un peón terminó de correrlo con el capote, mientras el matador salió al ruedo desplegando su capote.
Cerrajero respiraba más fuerte. Un hilo plateado de saliva le salía de la boca, lo colgaba un instante y, luego la brisa, arqueandolo se lo llevaba. ¿ Que era este enemigo que retaba y huía ?
"¡ Ah-ja, ah-ja, toro!
La parte ancha, la que estaba más viva que el resto, se infló más que antes. Ahora quería golpear y pelear.
La cola de Cerrajero le fustigó la espalda al embestir. Cuando tenía los pitones casi en el enemigo, éste comenzó a deslizarse. Los cascos del toro salpicaban arena, que chocaba con el bulto moviente, produciendo un ruido parecido al del granito contra las hojas de eucalipto. Después el toro aflojó en sus embestidas al capote hasta que él y el resto se movieron con cámara lenta ; la parte abultada le guiaba los cuernos, seduciéndolo. En la plaza, se oyó un rugido como un trueno inesperado : 
¡ Ole ! El eco del mismo llenó la plaza.
Cerrajero atacó. Sus embestidas siguieron unas a otras. El toro intentaba ir más rápido, pero una vez tenía el hocico casi tocando el enemigo, era como intentar correr en el profundo fango de la dehesa cuando se inundaba por una tormenta,
" ¡ Vaya verónicas ! ¡ Madre mía !" exclamaba el público.
La sexta vez que Cerrajero embistió intentando desesperado alcanzar el reto, éste desapareció con más rapidez que antes. Era demasiado largo para revolverse con tanta prontitud ; sus músculos distendieron doloridos. El toro, no estaba cansado, sino frustrado por no poder enganchar nada con los cuernos, por no poder usar la fuerza del morrillo y de las patas traseras para empujar, en vez de correr y perseguir.
Cerrajero sintió una leve llamada, un retazo de memoria. Lo atraía con más fuerza que su furia. Sabía que al otro lado de la plaza estaba la puerta de salida del chiquero. Y cerca estarían sus hermanos. Esta querencia lo puso nervioso, pero la furia venció al instinto y en un momento se olvidó de la puerta.
Los picadores, con sus pesadas piernas golpeando los estribos, aparecieron en la arena. Los caballos no oían el ruido alrededor ; veían sólo parte de la plaza. El sonido había sido eliminado por medio de trapos húmedos embutidos en sus orejas, el ojo derecho lo llevaba cubierto con un trozo de tela y, aunque estaban atiborrados de medicina para dormírlos podía apreciarse su nerviosismo por el temblor de la mandíbula inferior.
A Cerrajero le tembló el hocico. Los golpes de la pierna del picador contra el estribo se hicieron más fuertes. Había un fuerte olor a caballo asustado. El toro se lanzó hacia él. Allí había algo como los caballos de la finca. Pero este caballo tenía el costado mayor. El caballo estaba asustado, lo notaba Cerrajero por el olor, sabía de caballos. Uno vez en la dehesa cogió a uno. Uno que, junto con el jinete había intentado acosarle. Se concentró y se lanzó hacia adelante. El caballo no se movió. ¡ Allá metió los cuernos ! Algo le golpeó, en los pelos negros de la base del morrillo. Quemaba como el hierro del herradero. Levantó con fuerza la cabeza. No podía meter los cuernos, no era como el caballo de la finca. El toro sintió la quemadura cada vez con más fuerza. Cerrajero levantó del suelo una pata al caballo, después dos, tres. Le levantó la cuarta pata. ¡ Allá fue el caballo ! Cayó de la fuerza que los cuernos le propinaron, de costado, dejando al picador atrapado.
El toro se lanzó entonces a por el caballo. Enloquecido, arremetió con los cuernos con todas sus fuerzas. Esto era pelea. De pronto aparecieron dos bultos. Lo sacaron del caballo burlándolo, luego desaparecieron.
El segundo y tercer puyazo, era plaza de primera categoría, fue igual, o, al menos casi igual. Cerrajero se sentía lento. Tenía la sangre como la lluvia de primavera, encharcándole el morrillo y cayéndole a chorros por las manos.
Cuatro veces había embestido al caballo. ¡ Qué reputación para la ganadería !
Un crítico taurino gesticulaba emocionado con los brazos, llenando de cenizas del puro a la gente de su alrededor al alabar la bravura extraordinaria del toro.
Ahora, después del cuarto puyazo sentía Cerrajero más que antes la sangre en los hombros. Le fluía con rapidez por el morrillo, por las patas hasta las pezuñas y chorreaba hasta el suelo.
El olor de la sangre era cada vez más fuerte. En la dehesa ese mismo olor los enloquecía a él y a los otros toros. Dando vueltas, llamando, corrían peleándose hasta que uno de sus hermanos era herido o muerto en la reyerta.
El toro llevaba diez minutos en la plaza. Ya había gastado la mitad de su tiempo en el ruedo. Por un momento el mayoral, emocionado por la pelea en varas, empezó a guardar la esperanza de que le perdonaran la vida. ¿ Y si pudiera Cerrajero volver a la finca !
( Continuará )